martes, setiembre 05, 2006

AGACHATE QUE VIENEN LOS VAQUEROS

Hace algunos meses, cuando la estrenaron en Estados Unidos, yo andaba por Béikersfil, una bucólica aldehuela californiana donde, malhaya mi suerte, no la daban y quizás no la den jamás y lo más probable es que puedan seguir viviendo en paz sin eso. Brokeback Mountain -candelejonamente rebautizada como Secreto en la montaña- era entonces el monotema, todo el mundo quería tener algo que ver con el asunto, desde los columnistas ultraconservadores que sufrían en ortus propio la violación del sacrosanto Marlboro man hasta los conductores de late night show que chacoteaban recomendando con entusiasmo el desconcertante primer western de la historia en que los infatigables cowboys se las ingenian también para hacerse, eventualmente, capachún.

Si la idea se nos hubiera ocurrido primero, los dos personajes centrales serían huaqueros en vez de vaqueros, o mejor aún: chalanes. Y el tema musical nominado al Oscar estaría cantadazo en la prodigiosa voz de nuestro primerísimo tenor Juan Diego Flores: "José Antonio, José Antonio, ¿por qué me dejaste aquí?".

Por respeto a las damas presentes, evitemos detenernos en la parte esa que dice: "Me acurrucaré a tu espalda bajo tu poncho de lino" porque, francamente. Ni mucho menos en aquello del "jipi japa pañuelo" que nadie sabe en qué consiste y, la verdad, preferible morirse sin saberlo.

A ver, que levanten la mano los caballeros que se animarían a amarrarse el jipi japa pañuelo al pescuezo. ¿Voluntarios? Fila india, por favor, sin empujar.

En fin, la cosa es que no se nos ocurrió a nosotros, la historia (recontra) original -porque un romance de maquillador con futbolista se le ocurre a cualquiera- salió de las insondables profundidades de la mente de una comadre que, al parecer, sabe de qué habla: Annie Proulx, ganadora del Pulitzer, la publicó en el New Yorker en el 98 y ahora no hay Cristo que la aguante -ah, no- está que da la hora con Altimatic, vendiendo como una loca su escuálido tomito de 55 páginas de amor que no se atreve a pronunciar su nombre.

Ya se sabe que -salvo El Padrino, La lista de Schindler y Lo que el viento se llevó- el libro siempre va a ser, por ley, mejor que el film, así que no será rareza -para quien lo consiga y lo lea- comprobar que se trata de una minúscula opus magna, toda una alhajita de la narrativa breve que -quizás por haber tenido que estirarla- le quedó varias tallas más grande al muy afectadillo señor Ang Lee, el tan zahumado director de esta peliculita maricueca.

Así es, acabo de verla, por fin y que me disculpen todos los cinéfilos de cebichería (y sus sandalias con talón) y, de paso, también todos los catequistas disidentes del Bar La Sede (y sus top-siders) que -según se me ha hecho saber- han entrado en éxtasis místico con la morisqueta.

Disculparán, pero eso es lo que opino. Ruego no se me malentienda que lo último que quiero es sonar homofóbico, cuidadito. Por las dudas, prometo desde ya a ese significativo diez por ciento del electorado que cuando sea presidente no nombraré ministro a ningún gay, porque el único gay del gobierno no he de ser yo sino mi novio.

Pero a lo que iba, si aún me siguen y si no me caigo: peliculita maricueca, he dicho. Aludo a solo una de las acepciones del término: peliculita cobardona. Miedosilla. Puro amague, puro queco. Demasiada floritura y poca lidia. Si estaban esperando que ante la estampa de Heath Ledger y Jake Gyllenhaal, la idílica pareja de cruditos de almanaque -tan higiénicos, tan manicurados, tan chicos de su casa, tan sin poto, digámoslo, tan sin poto- a un servidor se le fuera a vencer el elástico del bóxer Frankie y Ricky, pues va a haber nomás que defraudarlos sin piedad.

Ennis del Mar y Jack Twist -los protagonistas- no son descritos por la autora, para nada, como el gran mercón. Ennis -dice- es "zarrapastroso, de nariz arqueada, pecho cóncavo y piernas de alicate", mientras que Jack es "pequeño, con cierto sobrepeso en las ancas, una sonrisa de dientes salidos y las botas agujereadas".

Que Hollywood los haya idealizado convenientemente hasta convertirlos en cueritos de temporada, vaya y pase. Es lo habitual. Que se sepa, ningún récord de taquilla se ha roto nunca poniendo a jetearse a un par de moticucos con brackets. Pero parece que en su aparente afán de desmariconizar la cinta todo lo posible para conseguir -como dice la crítica- "conectar con el corazón de América", el honorable señor Lee prefirió dedicarse puntillosamente al hermoseo del encuadre en desmedro de un relato que, de tan cauto y pudoroso, termina -me parece- por irse en caldo.

Me refiero a ese preciosismo paisajista -tan amanerado- con que termina infestándolo todo de clichés romanticones de karaoke del mismo modo como un decorador de interiores atiborraría tu casa de empapelados, bobos y jarrones con loco frenesí.

Piense el lector en cualquier manoseada imagen de love story y les garantizo que cuando vayan al Alcázar a verla, la encontrarán: atardeceres, fogatas, lunas llenas, picnics, cosquillitas sobre la hierba, traviesos chapaleos en el río y -como no podía ser de otra manera- fuegos artificiales. Dios. Lo único que faltó fue ponerlo todo en cámara lenta y listo, quedaba redondito el especial de José Luis Perales. Salvo la única "escena fuerte" (en la que el repentino polvorín -vestido, claro- parece más un forcejeo de batida policial), estos melancólicos pastorcitos rezuman, en pantalla, tanta pasión como dos marcianos de sabor linaza.

"Ennis despertó en medio del rojo amanecer con los pantalones en las rodillas, una jaqueca mortal y Jack apartándolo de su lado: sin decir una palabra de lo sucedido, ambos supieron que habrían de seguir así por todo el resto del verano, malditas ovejas." (pág.15). Ese párrafo está filmado, tal cual. Pero hay otros, como el siguiente, que fueron suprimidos por razones de asepsia marketera:

"El cuarto olía a semen y cigarro y sudor y güisqui, a alfombra vieja y a pasto agrio, a cuero de montura, a mierda y a jabón de hotel barato". (pág.23) El cine no tiene olor -dirán-. No hay tu tía. Es apenas una muestra -publicable- de lo que era el tono del vívido cuento original antes de ser convertido en tarjeta de San Valentín.

Tampoco es que uno hubiera esperado encontrarse, pues, con la pornazo que le faltaba a su colección, pero no se entiende cómo es que la urgencia de pasarlo todo por baño maría pudo copar la cabecita de un cineasta que -como el buen Ang- ha estado siempre obsesionado por el eterno tema de la doble vida.

Desde su genial 'Banquete de boda' -en el que otro chino en Nueva York debe ocultar al mariachi para fingir un matrimonio normal y complacer a los papis- hasta su catastrófico "Hulk", su especialidad parece haber sido siempre la de pintar torturados seres dos-en-uno.

¿Será su caso? Importa poco. Además, es casado y tiene hijitos. Puede que ese sea el secreto del éxito. Del suyo, del de su película y del de casi todos los homosexuales que he conocido en la política, la cultura y la farándula peruana: primero cásate y ten hijitos. Después, levántate Chincha en peso todas las veces que se te antoje, no interesa.

Total, después te divorcias y llevas al bebe a los juegos mecánicos cuando puedas. Así funciona la cosa. Aquí y en Wyoming. "Ennis llevó la mano de Jack hacia su boca y le dio una pitada al cigarrillo. Exhaló: He estado todo este tiempo tratando de averiguar si soy o no soy. Ahora estoy seguro de que no. Los dos tenemos mujer y niños, ¿no? Me gusta hacerlo con mujeres. Pero, Jesús, no hay nada como esto." (pág.26). (¿En qué quedamos?)

Mal que me pese, Secreto en la montaña se va a llevar cinco óscares, si no son más. Mejor director, mejor película, mejor guión adaptado, mejor fotografía y mejor música. Mejor actor, imposible, porque ese ya le toca al maestro Phillip Seymour Hoffmann por Capote, otro distinguido miembro del club.

Y mejor actriz, menos, que ahí se la lleva Felicity Huffman por su rol de traca en Transamérica, con lo cual tendremos el Oscar más oñoñoy de que se haya tenido noticia. Tom Hanks y Hillary Swank lo saben bien: al final, los anormales siempre ganan.

Y hablando de anormales, he comenzado a ver fanáticos de la peli (entiendo que ahora debe decirse "pela"), usando polos estampados con la muy cursi leyenda "I wish I knew how to quit you" ("Ojalá supiera cómo renunciar a ti"), que es lo que le dice Gyllenhaal a Ledger, hacia el final, cuando ya luce un poco tión y ha comenzado a parecerse peligrosamente al vaquero de Village People.

Si de ponerse frases célebres se trata, optaba por quedarme con "¿Qué me mira, cadete?", la verdad. Pero me estaba preguntando: ¿en qué quedamos? A ver, ¿cuál es la otra enseñanza de esta parábola? Negarlo hasta el final, así te maten, esa vendría a ser nuestra segunda moraleja.

("Nuestro país aún no está preparado"). Y la tercera y más importante de todas: no parecer. Seguir jugando tu partido, los domingos. Y que a la mañana siguiente, el único comentario sea que así pasa cuando sucede, que esas son cosas de tragos.

1 Comments:

At 6:09 p. m., Blogger Ramiego said...

Muchacho, si este blog de veras pertenece al inefable Beto, pues ten por seguro que seguiré visitando tu bitácora más a menudo.

Tus artículos me hacen reir, ojalá que sigas publicando más, y no limitándote necesariamente a lo publicado en los diarios.

Un abrazo y nos leemos

 

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