miércoles, agosto 16, 2006

NECESITO UNA MUJER ¡¡¡¡¡

El otro día me levanté cruzado y dije: muy bien, basta, para gusto ya está bueno, necesito una mujer. Nadie me lo va a creer pero es la verdad, me dije así, ni bien abrí los ojos. A la vejez, viruelas. Esa es la idea con la que me desperté: si yo tuviera una mujer que hiciera contrapeso en esta cama, me pregunto: ¿cuál sería?, ¿parecida a quién?, ¿cómo, nomás, me gustaría? A ver, a ver, me gustaría -para comenzar- una mujer con buena dentadura y agradable aliento, risa frecuente, carnes firmes y excelente ortografía.

Preferiría que no usara maquillaje. Sería extraordinario que pudiera prescindir de él completamente pero, como sabemos que eso es imposible, me conformaría con que no se pintara los párpados de verde tornasol, los labios de violeta ni de rosa chicle globo las uñitas de los pies. Y si no es mucho pedir, que careciera de tatuajes en las pantorrillas. No protestaría si, al abrir el botiquín, se suscitase un severísimo derrumbe de tampones, frasquitos, pinzas, lociones, cepillos, tijeritas, frotaciones, esmaltes, limas y prestobarbas rosaditas de esas que -en el sobaco- les hacen brotar cañones.

Tampoco si -trayendo a cuestas sus maletas- me pidiera duplicado de la llave en el primer día, hijitos en el segundo, matrimonio en el tercero y repetición en el cuarto. Que me ganara siempre a cinco orgasmos contra uno, a siete contra dos y allí paro de contar porque me canso. Que para convencer a su mejor amiga de que ese hombre mayor no le conviene y que ella tiene para más, le recitara de memoria y a gritos por los pasillos, párrafos enteros de Las mujeres que aman demasiado como una predicadora desquiciada que amenaza con el infierno tan temido vociferando versículos del Eclesiastés. Que me llevara a rastras hasta las vitrinas de un sex shop -al que siempre he ido solo- para presentarme al mejor de sus amantes: Bunny, el bicéfalo vibrador-turbo con sensurround que la acompaña en su cartera a todas partes, igualito que a Sarah Jessica en Sex and the city.

- Pucha, beibi, ¿nunca has visto Sex and the city?
- No.

- Ay, oye. Pucha. Alucina que no puedo creerlo, beibi.
- Prefiero ver Oz, ¿por qué, ah?

- Porque, o sea, qué asco, ¿manyas? Pucha, beibi. Alucina.

No me molestaría en absoluto que mirara la escoba y el recogedor ladeando la cabeza como un pavo sorprendido, con la cara de estupor con que se mira un meteorito y que exigiera aspiradora como quien exige amor o agua potable, que metiera el edredón a la secadora y lo encogiera hasta convertirlo en agarrador de sartenes, que, en su afán por perseverar innecesariamente en el anacronismo del streaking, caminara regando la ropa por toda la casa en la certeza de que detrás suyo viene el eterno escuadrón de empleadas de su vieja a recogerla, ni que fuera incapaz de hervir el agua sin quemarla (cocinar es cosa de hombres), pues nada me complacería más que hacerme cargo -vitalicio- de la cena siempre y cuando sea ella la que lave, seque y guarde hasta el último cubierto que yo ensucie.

Cerdo machista y todo -porque el mundo me hizo así- no tendría inconveniente en comenzar por primera vez a preocuparme en levantar el asiento del water antes de mear para que ella nunca tuviera que posarse sobre las reales o imaginarias gotitas que, de todas maneras, va a esmerarse en encontrar y me enternecería al contemplar, al levantarme, los sendos racimos -o, perdón, los ramilletes- de calzones lavados, de emergencia, la noche anterior festonando, cual guirnaldas navideñas, las paredes de mi baño: calzoncitos estampados en el poto con leyendas disuasivas en inglés -the bitch is back- éxito de ventas sin precedentes en los días R de Ripley.

No le mentiría ni una sola de las veces en que me preguntara: Amorcito, ¿me extrañaste?, al regresar de la esquina de comprar pan, ni forcejearía mucho en el cine para que me soltara un instante la mano que me tiene agarrada -y convertida en un trapeador viscoso- durante el íntegro de la película (con Hugh Grant), no me enfadaría ni un poquito si la ampayo rebuscando mis papeles, leyendo, uno por uno, mis correos electrónicos, hurgando entre los archivos de mi computadora, revisando uno por uno los 150 números que hay en la memoria del celular para enterarse -porque me quiere mucho- de quién me llama, a qué hora me llama y qué cosa dicen los mensajes de voz y de texto que me han estado mandando desde muchos meses antes de que ella (des)apareciera.

No insistiría en explicarle que es humanamente imposible que yo deje de roncar mientras haya 70 kilazos de ternura encima mío, impidiéndome por completo la respiración. Que la manera más segura de tener horrendas pesadillas en las que eres sepultado vivo bajo el peso de un container y levantarse de mal humor y con tortícolis aguda no es otra que esa, la bendita costumbre de dormir apuchungados como dos monitos de fieltro con pega-pega en las patas y en las manos.

No me opondría a que compitiéramos cumpliendo dieta estricta, a que desayunáramos yogurt natural con afrecho, que almorzáramos churrasco de soya a vapor con coliflores crudas y que cenáramos manzanilla con limón para que, a la primera de bastos, se reventara ella solita un macetero con medio galón de helado sabor Princesa rociado con todas las salsas: fudge, mermelada de fresa, crema chantillí, manjarblanco, butterscotch, mantequilla de maní, lentejitas de chocolate, plátano en rodajas, merengue, nueces, coco rallado y todo coronado por generosos y negros trozos de Charada.

Si no a tejer chalinas que donar a los vagabundos en invierno-que sería, sin duda, el pasatiempo ideal- me dedicaría a armar rompecabezas chinos de cinco mil piezas reversibles, mientras ella terminara de exfoliarse, de humectarse, de depilarse, de revitalizarse, de suavizarse, de reacondicionarse, de hidratarse, de fraganciarse, de delinearse, de empolvarse, de barnizarse, de laquearse, de accesorizarse, de laciarse o de rizarse una por una las pestañas y, transcurridas dos o tres interminables horas de agonía, saliera del baño de una puta vez solamente para preguntar: "¿Qué tal me veo?" y regresar a él para un último retoque rapidito.

Esperaría paradazo como un mástil, créanme, esperaría en una esquina empapándome el orto bajo la lluvia, con mi ramo de florones y mi mejor sonrisa Signal si ella me hubiera citado allí para encontrarnos a las dos en punto en la ilusión de almorzar conmigo, pan y cebolla y allí jugando a las estatuas me dieran, por supuesto, las dos y media y las tres y las cuatro y exactamente a cinco para las cinco llegara, de lo más pancha, toda taconeante, sofocosa y agitada -cual si en verdad se hubiera apresurado- y, de todas las excusas del mundo, se decidiera finalmente por: "Sorry, beibi, pucha, me estarás alucinando, pero es que no sabes lo que me pasó, pucha, es que yo sé que no me lo vas a creer si te lo cuento..."

Guardaría silencio respetuoso y sepulcral si la veo embutirse de lo más entusiasmada en un topcito trinquete de Hello Kitty diseñado para chicas quince años -y treinta kilos- más jóvenes que ella y que, por supuesto, la hará lucir, ni más ni menos, que como un tarrito (chico) de leche Ideal, una plastilitro con la etiqueta arremangada, un Todinitto de bolsa, un Bogli a medio terminar.

Me conmovería abrir el primer cajón de la cómoda para comprobar que -en un alarde de entrega, de renuncia y de pasión- ella ha lavado, sin excepción, todas mis medias apestosas y hasta mis fatigados calzoncillos que ahora lucen muy bien planchados, organizados en cuatro montoncitos, ocupando todo el lado izquierdo de la gaveta, mientras que -ah, Caracas- al derecho y sobre varias capas de papel de seda, reposa toda la línea otoño-invierno de Victoria's Secret con especial énfasis en la sección baby-dolls, batitas y negligés. (Y no, no son mi talla, graciositos).

Me esmeraría en cumplir a cabalidad mi improbable rol de Machito Ponce. Recibiría muy gustoso las violentas cachetadas de sus tetas vengadoras. Obedecería como un buen can a sus más sofisticadas exigencias de Lady Chatterley, de dominatrix de la "Serie Rosa", de amante del teniente francés. Obedecería cada vez que me dijera: Perrea, papi, perrea.

Embestiría incansablemente como un torete, como un torito de Pucará, dele y dele con coraje y con tesón, siempre dejando el nombre de la patria muy en alto, hasta que, clamando misericordia -ella y no yo, supongo que se entiende-, hiciera jirones el empapelado con la ferocidad de sus uñas acrílicas. Y entonces, hecho un Al Bundy borracho de amor, me quedaría dormido, inánime y desmondongado, no sin antes haber sido presa de un bochornoso ramalazo de nostalgia meridionale cuando, al menor ademán o movimiento en falso por Detroit, me pararan en seco, feamente, suave, loco, guarda ahí.

- Ah, no, papito. Excuse me. Eso sí que no.
- Pero, tomatito, ¿por qué no?

- Porque no me gusta. ¿Tú qué me crees, oye?
- Chirimoyita: ¿qué tiene de malo?

- Mala costumbre, ¿no? Cochino ahí!
- ¿Cochino por qué, repollito?

- Conmigo no te equivoques nomás te digo.
- Bien esto eres tú también, pues, camotito.

- ¿Qué tienes, ah? Estás bien grave tú.
- ¿Y tú?, ¿piensas dejarme así? Qué mala.

- Ya dije ya. Por ahí no.

1 Comments:

At 8:41 a. m., Anonymous patricia said...

cool!!! recien que me entero que tienes un blog...me gusto este post...luego leere los otros...me has hecho reir a carcajadas....vale Beto, ojala vuelvas a la tv, te extrañamos!....

 

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