domingo, junio 03, 2007

ODIO A LOS PITUFOS

Nunca dejes que el odio anide en tu corazón. Mejor sácalo de allí y vuélcalo todo sobre papel periódico. Aquí te enseñamos cómo. Porque tú lo pediste. Por primera vez. El esperado ránking de odios del más odioso de nuestros columnistas. Porque odio quiere más que indiferencia. Porque el rencor hiere menos que el olvido.

Odio usar bividí. Odio la traición. Odio a la gente que va por la calle hablando por el hands-free porque parecen desquiciados que hablan solos y dan miedo. Odio los sacos de pana. Odio la prepotencia. Odio las sayonaras, los mocasines con pompón y los zapatos de charol. Odio a la gente que habla en el cine, a la gente que habla por celular a voz en cuello en los cafés y sobre todo a la gente que habla con la boca llena.

Odio los gemelos, los distintivos, los sujetacorbatas, y los pañuelos que hacen juego con la corbata. Odio la pompa absurda con que hablan los asesores de imagen, los alcaldes de provincia, los obispos y los jueces. Odio la crema chantilly, la sopa tibia y la patita con maní. Odio la amnesia. Odio la resaca pero más odio la famosa bajada que triplica mi ya caballuno apetito.

Odio los uniformes, las insignias, los galones, las medallas que se cuelgan al cuello los abogados y cualquier pedazo de trapo o lata que te dé derecho a parecer más respetable de lo que eres. Odio a los contadores y a los zancudos. Odio no tener 16 años de nuevo para sacarme el clavo de todo lo que me perdí por creerme el cuento del pecado. Odio el atroz crujir del teknopor y el chirrido escalofriante de la tiza.

Odio el olor a mondongo o coliflores que se sancochan. Odio los tumores gigantes, las niñas-sirena y los pútridos cadáveres de los noticieros matutinos. Odio los zoológicos. Odio las notarías, los hospitales del Estado, las fiscalías, los asilos, las comisarías. Odio los platos de plástico, el whisky y los palitos mondadientes. Odio los lentes de contacto de colores. Odio los lentes con espejo. Odio el perfume Brut. Odio los bloques financieros o deportivos. Odio a Barney. Odio mi uñero. Odio, sin excepción, a todos los tarados que, cuando consiguen decir algo divertido, se aplauden solitos mientras se ríen.

Odio las risas grabadas de los programas cómicos. Odio a las señoritas que no se afeitan el sobaco y a los caballeros que se lo afeitan. Odio a los políticos que bailan pésimo y en público. Odio a priori a cualquier mortal que tenga el pelo sin lavar. Odio los comerciales que exaltan la peruanidad con regios modelitos rubios y ojiverdes. Odio el look rasguña-las-piedras, aquel del chalequito, el bolso incaico y el polo jeteado. Odio el racismo legendario de las páginas de sociales y la indispensable estupidez con que se escriben.

Odio Mamacona sin saber siquiera qué diablos es. Odio a los sabios de O.N.G. Odio la puesta en escena de los matrimonios religiosos y toda la inútil super producción que las rodea: los partes, los recuerditos, las tortas que llevan un anillo oculto en la masa, los pajes, las damitas, los toldos, las sillas con faldita, el buffet, el bouquet y toda esa mierda. Odio muy especialmente las caritas de cojudas que ponen las novias en las ridículas fotos que se hacen tomar probablemente convencidas de que quedarán muy cuchis adornando la mesita de retratos de la sala. Odio mudarme. Odio pelarme. Odio afeitarme. Odio tener que lidiar siempre con los pelos de mi nariz, mis orejas y mi espalda. Odio a la gente-thermo que primero te calzonea impunemente para después zafar kool-aid, pegándola de virgen intocada.

Odio a los escritores que perseveran en la producción de libros pésimos, pero odio más a las editoriales que se los publican, y más todavía a los críticos huelepedos que les revientan cuetes a cambio de ser invitados a la feria de Guadalajara el próximo año. Odio a los mimados practicantes de mi universidad que aún no saben ni pararse frente a una cámara pero llegan con ínfulas de superstars y exigen salir de comisión en Taxi Real. Odio las consignas, los juramentos, las liturgias, las maquinitas y cualquier cosa que te obligue a repetir a coro fórmulas absurdas. Odio a las niñas maquilladas y a los niños con ternito. Odio que lean sobre mi hombro lo que estoy escribiendo.

Odio que me digan "no te preocupes" porque sé que lo que toca es entrar automáticamente en pánico. Odio el color marrón y el color melón al que también denominan color salmón. Odio que me digan: "estás igualito" porque es una mentira y ni siquiera de las piadosas. Odio a los mozos lentos y también a los pateros. Odio que me digan: "no te pierdas" porque ya yo sé que es el preludio del olvido. Odio a todos los maricones que esperan que estés media cuadra más allá para atreverse recién a gritarte maricón.

Odio el taladro demoníaco del dentista. Odio tener tanto miedo de probar ayahuasca. Odio mis fallas. Odio mis juicios. Odio mis deudas. Odio regresar al canal donde trabajé hace casi catorce años y comprobar que el muchacho que entonces cuidaba carros en la puerta continúa cuidando carros, tres gobiernos después.

Odio las conferencias de prensa. Odio ese ramillete de impresentables al que ha ido a parar mis pobres Marijuán y Borlini. Odio la clásica peruanada de tanto megalómano entusiasta que te convoca con carácter de urgencia a perder tu tiempo en hablar de proyectos fantásticos que siempre quedan en nada. Odio que todos los coleguitas del show biz me llamen ochenta veces al día para formularme siempre la misma única pregunta: ¿quién va a ser la modelo de tu programa? Odio la diaria serenata que me dan mis perras para que las saque a mear a un cuarto para las seis y el reggaetón de mi vecino a las ocho en punto. Odio a muerte a absolutamente todos los cabeceros, mecedores y floreros.

Odio las tunas universitarias. Odio los almuerzos de exalumnos. Odio las misas. Odio a las barras bravas que se masacran en nombre de algún color y de ningún sueño. Odio a los enamoraditos que necesitan vivir chupeteándose las 24 horas del día y en todo lugar. Odio la deprimente oferta de la cartelera limeña. Odio que se peguen los tallarines. Odio que se me queme el arroz.

Odio con toda el alma a Popy Olivera y a mi tío Salito y creo que si algún día los tuviera enfrente probablemente haría mi fulgurante debut en el glamoroso mundo del asesinato. Odio a cualquiera que se saque las tabas en público, que se suene los mocos y los lance por los aires con los dedos, que se saque el toffee de la oreja y después se mire el dedo o que expectore con gran escándalo para después dejar toda la avícola desparramada sobre el asfalto.

Odio que los taxistas me pregunten qué hay de cierto en eso de que Magaly se casa con su novio gringo o si ya está por nacer el nietecito de Gisela. Odio haber vivido tan poco tiempo en Nueva York. Odio haber perdido tanto tiempo en Miami. Odio haber perdido tanto tiempo en el rencor. Odio invertir en esta huevada mis sábados de verano cuando mejor haría en estar tirado panza arriba en una playa que quede lejísimos del sur. Odio tener que andar midiendo siempre mis palabras para que me duren los trabajos.

Odio cantar mal. Odio enamorarme menos. Odio no haber podido ser actor. Odio no saber tocar el violoncello. Odio haber dejado de jugar "Escrúpulos", de montar bicicleta, de dibujar, de ir al gimnasio y de bailar. Odio mi nariz Ortiz. Odio estar misio. Odio ser gordo. Odio haber vivido haciendo todas las dietas del mundo desde los 12 años por las puras. Odio las revistas de fitness porque me hacen sentir más feo que el hambre.

Odio tener tan poco pelo y tanto culo. Odio escribir artículos en noviembre para que me los paguen en febrero. Odio escribir libros para que los manden requisar al segundo mes. Odio escribir tarde, mal y nunca. Aunque, viéndolo bien, lo que más odio de todo es escribir bien porque veo que tampoco sirve para nada.

1 Comments:

At 4:45 p. m., Anonymous Anónimo said...

Odias muchas cosas que siempre haces ¿por què?

 

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