domingo, junio 03, 2007

CLÁSICOS DE LA PROVINCIA 2

- ¿Hay algo peor que llenar un auditorio con dos mil quinientas personas en la Feria del Libro de Trujillo y que tu prestigiosa casa editora "se olvide", providencialmente, de enviar ni un solo ejemplar de tu obra?

- Sí. Llevar tú mismo tu cajón con 50 libros al hombro hasta allá para terminar vendiendo, con las justas, dos.

UNO

Gracias a un formidable golpe de suerte nos había tocado viajar juntos: a la misma hora y en la misma empresa en nuestra recién estrenada y envidiable calidad de autores invitados, así que, cuando vi a María Luisita aparecer en medio de la mancha de viajantes del terminal terrestre lista para embarcarse a Trujillo con su morey y su cajón de libros a cuestas, toda atlética y dichosa rumbo a la primera feria de nuestras vidas, experimenté una suerte de súbita iluminación, una epifanía: ser escritor en el Perú tendría siempre no sé qué aura de mística guerrera, no sé qué invisible y extraño glamour. Ser escritor era pajita, pese a todo.

- ¿Dónde se ha visto que una autora de tu talento tenga que transportar su obra a la espalda? - la amonesté, ligeramente escandalizado.

- Mira, huevón -me contestó- mi editorial es chica y ni siquiera tiene stand allá. Nadie se va a enterar de que mi libro existe si no lo llevo yo solita.

Como mi editorial sí que era grande y nada hacía sospechar la sorpresota que -para variar- me esperaba, el asunto me sonó admirable, casi heroico y se lo dije: mis respetos, chola, dicho lo cual la ayudé a cargar tamaño bulto, cuidando de no afectar demasiado nuestra definitiva imagen de jóvenes glorias de la literatura nacional. Dábamos un poquito de pena, la verdad, pero optamos nomás por cagarnos de risa de lo costeante de la situación y caminamos juntos hacia el mostrador para asegurarnos de que nos asignaran asientos contiguos, mas cuando la señorita encargada cotejó nuestros boletos con la información de su computadora, se nos acabó, allí sí, todita la gracia:
- Lo siento pero sus boletos no corresponden al mismo bus.
- No puede ser. Si es la misma hora, la misma línea.
- Pero los han puesto en dos servicios diferentes: la señorita viaja en vip y el señor en super vip.
La diferencia entre uno y otro son cuarenta luquitas que te dan derecho, en realidad, a treinta grados más de inclinación en el respaldar de tu asiento porque, por lo demás, el sánguche de jamonada polaca y queso fundido, la gaseosita y la película pirata que te pasan son los mismos. Pero dejémonos de engreimientos: si todo aquello era gratén tampoco había que quejarse tanto. ¿Dónde creíamos que estábamos? Era absolutamente lógico que los invitados de honor como Echenique viajaran en avión y que los otros, digamos, los del deshonor, chapáramos nomás nuestro rico interprovincial, pero que, también existiera odiosas jerarquías entre un bus-camión y otro que superaba, de lejos, los pronósticos más surrealistas. "Te apuesto que a Bayly no le pasan estas cosas" - rezongué, frotándome la nuca. María Luisa soltó la más faltosa de sus carcajadas. Ahora se entendía del todo por qué nuestro James había declinado tan cordialmente de participar. Los vuelos nacionales carecen de first class.

DOS

He de reconocer con hidalguía que los groupies del cuate Bellatín son bastante más churros que los míos en el supuesto negado de que yo cuente siquiera con alguno mínimamente presentable. Y el hecho, asaz arrobador, de que el chico Ezio Neyra fuera así de bonitico no me consoló gran cosa frente a la amarga constatación de que su foto apareciera del mismo tamaño que la mía -es decir:enana, a guisa de estampilla- en el vistoso catálogo de la Feria. ¿Había derecho? Ah, infortunio. Oh, desolación. Pero como de uno dependía querer ver el vaso medio vacío o medio lleno, pasé de página rápidamente para descubrir, no sin asombro, que anunciaban sin foto al laureado don Eduardo González Viaña. ¿Podría yo sobrevivir a semejante afrenta sin dedicar al llanto, por lo menos, una noche completa? O mejor aún: ¿podría Ampuero? ¿Existe algo peor para un escritor que no salir en la foto? Dios tenga misericordia. No se lo deseo a nadie, ni siquiera a mi peor enemigo que, como se sabe, nunca va a ser el mejor escritor. Pero no hay que serlo para ser programado en un mega evento literario. Sabido es que una buena manera de ser invitado sin tener -como Willy, por ejemplo- ningún libro reciente qué presentar es asegurándose de pertenecer al nunca bien celebrado team Los Orozco. Aquel del Yo-los-conozco-son-ocho-los-monos. ¿Remember? En ese caso siempre habrá pretexto para tenerte en el menú. Se puede, por ejemplo, armar una mesa redonda titulada "Los amigos de Alfredo" en la que, contando sabrosas anécdotas suyas, podrás colgarte un ratito, haciéndote un poco el pelotas, de su fama. Pero yo me pregunto: ¿cuándo se mosquean del todo y organizan el coloquio "Los amigos de Iván"? Allí sí que les van a faltar sillas. Porque de que los tiene, joder que los tiene. Ahora que me lo pienso, caigo en la triste cuenta de que carezco de los amigos adecuados en el medio. Eso significa que, como escritor, no voy a llegar nunca a ninguna parte. ¡Auxilio! ¡Quiero ser amigo de Gustavo, de Alonso, de Santiago! ¡Necesito ser amigo de Iván Thays! Porque, por si no se han dado cuenta: Thays rima con Bryce. So now think twice.

TRES

Tras haberle rogado en balde a los muchachones del Fondo de Cultura Económica para que nos hicieran el favor de exhibir el precioso libro de mi amiga, andaba yo compadeciendo la suerte del maestro Luis Enrique Tord. A causa de alguna desinteligencia, sus libros no habían llegado a tiempo y él había tenido que presentar su flamante Fuego Secreto con el único, solitario ejemplar que llevaba en la maleta. En ejercicio de tales piedades andaba cuando se me ocurrió constituirme en el stand de mi muy respetada editorial para ver si mi humilde producto -Grandes Sobras- había sido correctamente acomodado en la ubicación preferencial que todos los autores esperamos siempre para nuestras obritas, tan sufriditas. Ni bien llegué, todo entusiasta, recorrí despaciosamente los blancos anaqueles con la mirada: todo lo que vi fueron libros de recetas de cocina, más libros de recetas de cocina y todavía más libros de recetas de cocina, (todos escritos, como es obvio, por adivinen quién). Disimulando que acababa de entrar en perinola y haciendo gala de una candidez más bien impostada, le pregunté a los vendedores -como si lo ignorara- qué creían ellos que podía estar aconteciendo. Me respondieron que mi libro, sencillamente, no figuraba entre los títulos que se les había ordenado llevar. Siendo que faltaba solo un día para mi presentación interpreté entonces, frente a los pundonorosos organizadores, una sencilla pero significativa pataleta. Les dije que si el libro que presuntamente iba a presentar no existía en la ciudad, era mejor que me ahorrara el roche y me quedara en Huanchaco nomás, rumiando cachangas hasta el empachamiento. En cuestión de minutos, eficacísimos, los anfitriones movieron cielo y tierra y lograron la difícil luz verde de la casa matriz. Mis libros estarían allí a primera hora -me prometieron- y efectivamente, ni bien despuntó el alba, allí estuvieron. Cinco ejemplares en total. Tal es la cifra: cinco libritos contra dos mil quinientos que, según versión de Natalie Hooker del comité organizador, es la capacidad máxima de asistentes del abarrotado auditorio en que me tocó hablar, la noche del lunes -siempre omitiendo al gran ausente- para luego, durante horas y horas, autografiar condoritos, buenhogares, fascículos de esoterismo, boletos de micro, antebrazos, camisas, poemarios de Bécquer y García Lorca y hasta la Biblia del mormón. Firmé y firmé sobre todas las superficies imaginables excepto la de mi propio librito negro. Supongo que eso debe de convertirme en el escritor más aborrecido y boicoteado de esta Lima fariseo, pero eso no importa mucho cuando puedes ser el escritor más apapachado de Moche, Laredo, Limoncarro, Huaranchal y Alto Chicama. Así que, por si esa noche no me escucharon, se los repito: Gracias, Trujillo, te odio con ternura.